Bienvenido a la primera entrega de esta serie de tres partes sobre la vida del pastor Gilberto Flores, un líder visionario, pastor y, sobre todo, un siervo íntegro de Dios.
por Adriana Celis

Gilberto Flores Campos no es un hombre común; es un pastor, líder y siervo de Dios extraordinario que en la actualidad vive en la bella ciudad de Guatemala. Nació el 25 de noviembre de 1945 en Santa Ana, El Salvador. Él es el sexto de diez hermanos, creció en un hogar profundamente enraizado en la fe cristiana. Sus padres, pastores desde 1928, marcaron el camino que, con el tiempo, Gilberto recorrería con convicción propia. Hoy, a sus 79 años, se acerca con serenidad a la frontera de los ochenta, llevando consigo una vida tejida de servicio, enseñanza y una espiritualidad comprometida con la paz y la justicia.
Casado con Rosa Elena Herrera Cardona, Gilberto ha construido un hogar en donde el amor y la fe han sido el cimiento. Juntos han criado a dos hijas y dos hijos, y ahora disfrutan la alegría de sus cuatro nietos y tres nietas. Su vida, sin embargo, no se ha limitado a lo personal. Desde joven, comprendió que su vocación trascendía los límites del hogar y la iglesia. Su amor por el aprendizaje lo llevó a estudiar Ciencias y Letras en la Escuela Experimental Tomás Medina donde se forjó como maestro. Pero su hambre de conocimiento no se detuvo ahí. Se convirtió en un estudiante perpetuo de la teología, especializándose en teología práctica y profundizando en ciencias sociales con énfasis en religión.
A lo largo de su vida, ha servido en el ministerio pastoral en países como Guatemala, Honduras, Venezuela y Texas, pero su verdadera pasión ha sido la educación teológica. Desde las aulas de seminarios hasta la dirección de instituciones bíblicas, su legado ha sido preparar a otros para vivir una fe arraigada en el compromiso con la justicia y la transformación comunitaria. Fue Decano Fundador del Seminario Anabautista Menonita Latinoamericano (SEMILLA) y dirigió varios institutos bíblicos, entre ellos el Instituto Bíblico Menonita de Guatemala y la Comunidad de Autoformación Teológica de CIEDEG. Su labor trascendió fronteras cuando dirigió por una década el Instituto Bíblico Anabautista (IBA) en Estados Unidos, formando a líderes menonitas hispanos y conectando iglesias con espacios de formación inaccesibles para muchos pastores.
Pero la historia de Gilberto no se comprende sin su encuentro con la radicalidad anabautista. A los 18 años, su mundo dio un giro cuando participó en unas jornadas de formación teológica organizadas por una iglesia bautista estadounidense. Allí, en medio de lecturas y debates, recibió un manuscrito titulado Los Revolucionarios del Siglo XVI. Ese documento, aún en proceso de edición, sembró en él una semilla que daría frutos en su vida y vocación. Inspirado por los relatos de los anabautistas radicales del siglo XVI, se involucró en actividades de servicio en su comunidad: alfabetización, organización de jornadas juveniles y apoyo a comunidades en conflicto. Fue el comienzo de un peregrinaje que lo llevó a descubrir el anabautismo y, eventualmente, a hacer de su radicalidad su identidad espiritual.
El verdadero punto de inflexión llegó en 1974, cuando trabajaba con comunidades kekchíes en el norte de Guatemala. Allí entendió los paralelismos entre la opresión indígena y las luchas sociales y religiosas de los radicales del siglo XVI. Su percepción del mundo cambió para siempre. Un año después, cuando fue invitado a pastorear una iglesia en San Pedro Sula, Honduras, nadie conocía su camino previo. Pero esa iglesia fue la puerta que lo llevó a abrazar la radicalidad anabautista, una radicalidad que él describe como “serena pero comprometida”, lejos del fundamentalismo, pero profundamente enraizada en el modelo de Jesús.
«Mi conversión no fue sólo teológica, sino epistémica», confiesa, «comprendí que la radicalidad del anabautismo no pertenece a ninguna denominación, ni se hereda. Es un estilo de creer, ser y actuar». Para Gilberto, la fe es inseparable de la paz, la justicia y la vocación por una espiritualidad que transforma vidas.
Su historia es la de un hombre que no solo ha vivido la fe, sino que la ha enseñado y compartido, dejando huella en generaciones de creyentes. Hoy sigue caminando con la misma pasión que lo llevó, hace más de seis décadas, a abrir aquel libro mimeografiado que cambió su vida, La Biblia. Porque su vida misma es testimonio de una fe vivida con convicción, amor y una profunda entrega al llamado de Dios.
Espere la segunda parte de este maravilloso relato de la vida y obra de Gilberto Flores, un hombre de fe excepcional como ninguno otro.